30 de Marzo del 2010

Es difícil poder expresar con palabras, el drama de tantos hermanos nuestros que en apenas dos minutos y medio, vieron caer por tierra el esfuerzo, el trabajo, la dedicación, las privaciones de tantos años para tener la “casa propia”.
La Diócesis de Linares es una diócesis eminentemente rural. Hasta hace unos pocos años, la mayoría de la gente del campo era apatronada, trabajando de sol a sol en campos que no eran suyos.
Con los cambios que experimentó Chile y el mundo, la situación de estos hermanos y hermanas fue cambiando para mejor y con mucho esfuerzo, pudieron levantar la casa de sus sueños.
En la madrugada del 27 de febrero, muchas familias de nuestros campos vieron derrumbarse años de trabajo y algunos, el único legado que iban a dejar a sus hijos: la casa.
Gracias a Dios que suscita en el corazón del ser humano sentimientos de compasión y misericordia, la consolación de Dios se hace presente a través de gestos concretos de solidaridad para con estos hermanos y hermanas que lo han perdido todo. La ayuda fue llegando, generosa a todos los centros urbanos golpeados por esta tragedia…
Pero los campesinos, que están lejos de estos centros, que carecen de movilidad para acercarse a recibir ayuda, son los más desprotegidos. Hacia ellos quisimos dirigir nuestra ayuda: los estuvimos visitando durante estos días, dejándoles alimentos, ropa, medicamentos…
Nos contaron de sus temores, de su soledad, de su impotencia: necesitan con urgencia un techo donde cobijarse y resguardar las pocas cosas que pudieron salvar del desastre. Temen que la lluvia y el frío terminen de apagar la esperanza de empezar de nuevo. Dependen de nosotros, del pequeño granito de arena que cada uno puede aportar. Si estamos ahí, ellos podrán salir adelante y no se apagará la esperanza.
Hna. Graciela Finoli
Hermanas de Nuestra Señora de la Consolación
Linares.
29 de Marzo del 2010

El fin de semana posterior al Terremoto (06/03/2010) realizamos un viaje a la zona del Maule, una de las más golpeadas por la catástrofe del 27/02/2010.
En ese recorrido, pudimos observar directamente como afectó a las familias ubicadas en el camino que une Cauquenes con Empedrado. En ese camino se encuentra un pueblito llamado Sauzal que esta a 46 kilómetros de Cauquenes. El párroco de Cauquenes, el padre Pepe, nos recomendó visitar cada una de las casas que se encuentran en el recorrido, y que hiciéramos un catastro de las necesidades de cada familia. Así, los 46 kilómetros se multiplicaron por mucho más…
Realizamos lo sugerido por el Padre, y fue de mucha ayuda, ya que pudimos tomarle el pulso a lo sucedido en cada caso particular. Cada familia nos fue contando su historia, que sucedió en el momento del temblor, hacia donde huyeron, como se cobijaron, como sobrevivieron esos primeros días, y como ya estaban intentando arreglar sus casas.
La mayoría eran casas de adobe, las cuales perdieron gran parte de sus techumbres y se fragmentaron la totalidad de sus paredes, y otras sencillamente cayeron sobre sus costados. Las familias temen vivir dentro por temor a las réplicas que no cesan de sentirse, por lo cual la mayoría están viviendo en lo que fueran sus gallineros. Envolvieron estos con bolsas o sacos plásticos, en un intento de mayor privacidad, y también para protegerse del frío. En este estado de precariedad arman sus cocinas, sus lugares de reposo e intentan rearmar sus vidas.
Encontramos casas al lado del camino, cada dos o tres kilómetros, por lo cual no podemos pensar en una organización comunitaria que las represente…a veces hay contacto entre una familia y otra, pero esos contactos son escasos.
En la mayor parte de las viviendas visitadas, nos pidieron algo más de plástico para protegerse de las primeras lluvias que harán insostenible una permanencia en los gallineros o bajo las murallas de adobe sin techumbre. Por lo tanto, todos nos pedían en lo posible, planchas de zinc o el plástico. Así mismo, ropa de cama y de abrigo.
Finalmente llegamos al pueblo de Sauzal, esta en las mismas condiciones, por lo tanto tienen las mismas necesidades.
Hay un elemento que nos llamó la atención a todos los que participamos de este viaje: la necesidad de la gente de contarnos como vivieron ellos esta tragedia, una forma de desahogo, un canal de catarsis, sentir que no están solos y que hay gente dispuesta a oírlos sino pueden ayudarlos físicamente, al menos prestar oído a sus aflicciones.
Norberto Jorquera Herrera, Paula Andrea Parada, Victoria Cárcamo Quiroz y Mauricio Olivares Mary.
Voluntarios en Terreno